viernes, 12 de octubre de 2007



Vinimos a jugar con el barro. Porque tus ojos sabian a egoismo nato y
no me quise quedar para hacerte compañia. La noche se perfilaba demasiado
perfecta como para permitir que la arruines con tus sin sabores, con tus enojos
sin sentido, con tus injustificaciones.

Vinimos a jugar con el barro, y yo siempre soy la que termina mas sucia
que cualquiera. ¿Por que sera? La cuestion es que mi suciedad se asemeja a la
inmensidad de los perturbadores sueños que me invaden cuando existis cerca de
mi, y eso me quita el aire. Todo tu ser me quita el aire, el sentido, las
energias, la presion arterial, las viceras todas, la vida en su completo
no-esplendor...

Y nosotras que vinimos a jugar con el barro, y nos encontramos con los
dialogos que jamas entendiste, con las canciones que no te dedique, con mis
sueños hechos trizas, con un cafe helado por demas, con una mascara que se
aferra a mis ojos con el poder de 1994 bombas atomicas... Y la indirecta a flor
de piel, que a esta altura de mi vida es mas que inevitable.No quiero volver a
venir jugar con el barro y encontrar tu silueta disfrazada de otra persona,
oculta en la muchedumbre. No te quiero cerca mio, andate de aca. No me abandones
del todo...

No me dejes completamente sola. No me olvides.

viernes, 5 de octubre de 2007

* Corazón Delator*


¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
FIN
*Traducción de Julio Cortázar

° Conversaciones...°


*

Ay!... el telefono... amigo imaginario traspasa berreras...

“El equilibrio se rompe y la magia se consume. Verte es dormir. Pero el sol no esta de acuerdo. Sonreír. La lluvia se derrama y colma el vaso. Sabe que todo puede ser más simple. Despacio. Un dios si voz ni voto. Soy lo que me permiten tus palabras. El cielo es claro, patrañas, el cielo es oscuro en realidad. Mi pequeño mundo. Como todo, pequeño, casi diminuto. Te pienso. Verte sonreír. Largas y estupidas explicaciones. Deseos. Mitología. Parodia de cuento chino. Nuestra estrella brilla pero es opaca. Contradictoria y absurda. La muerte. Verte es sonreír. Cuando el final se confunde con el luego. El juego. Te pienso y la tortura cesa. La piel se vuelve tibia y adquiere la textura de antaño. Terciopelo multicolor. La balanza fue sobornada por el mal. La puerta de la vereda no se entiende. No se encuentra. Nubes que no se compran ni se venden. Tu figura no se mimetiza en mis pensamientos. Me pierde y me envuelve. Me endulza ¿Y el olvido? No sabe, no contesta. No perdona. Me desvela. Mis ojos son flagelos de malicia. Tiempos de suprema tiranía. Verte, sentirte a mi lado, tenerte junto a mí. Frases que hoy son pasado que es pisado. A vos, perdón y gracias.”

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La oscuridad compasa, de manera intermitente, los latidos de mi corazón roto. Entro en el primer bar que encuentro, el más lejano, y pido un castillo sangriento a las veintiuna treinta de la mañana. El mozo me mira atontado. Me pregunto si será por mi falta de cordura, el se pregunta cuando podrá volver a casa. Cuando lo trae, sujeto la jarra que contiene ese subjetivo líquido morado, con ambas manos... dubitativas. Lo bebo con ansias, lo saboreo, pero no resulta para nada agradable. Es mas, sabe horrendo. Lo incorporo a mis venas con las ganas de quien espera que algo cambie, pero no tiene las fuerzas para hacer girar la manivela... es un castigo a mi ignorancia. En el fondo de la jarra, una vez que hube acabado, puedo contemplar que los restos de mi infusión me denuncian con firmeza, como los que piden justicia por los crímenes que se comenten en contra del aprendizaje (masacre de sentidos). El agujero negro me grita enfurecido, situado en el cruce de las cuatro esquinas, que nadie puede hacerme sentir inferior sin mi consentimiento...Rememorando un pasado esquivo, que me amenazo de muerte tantas veces como le fue posible... Descarado, estupido y tan necio como yo... tantas veces. Dormir y volver a pensar en todo lo que capaz me hacia bien.

° .leyOn. °

*

°... What´s this?...°
*Una serie de eventos desafortunados que se apilan sobre un estante invisible. Una cartulina manchada de música para no soñar. Una lágrima de hiel que se derrama como aceite y quema la piel, ahí donde no se recupera la forma y la cicatriz perdura a través de los años. Para no olvidar que el pasado fue real, ¡ja! como si pudiera olvidarlo...

Echo de menos nuestros almuerzos en el Parque Lezama, me hacen revivir lo felices que fuimos en ese tiempo. No soy buena hospedando a la nostalgia, porque en vez de cobrar por los servicios prestados, soy yo la que desembolsa una cuota de esperanza sobre la mesa de la cocina. La estufa ya no emana calor, en señal de protesta por mi absoluta falta de atención hacia ella. Observo lo pálido de mis manos.

La bicicleta con la que me ensucié de verdín un verano, hace bastante tiempo, yace dormida en el patio de alguna otra casa, lejos de mí. Infinitas veredas que hacen ruido. Timbres que juegan al ring raje y escondites que hacen trampa jugando a las escondidas. Me enredo con el elástico que me delata, por mala compañera, por egoísta. El chico que me gusta. La chica que gusta del chico que me gusta. Mis diecinueve años. Las tardes en las que, de regreso, adivinaba su figura menuda a lo lejos, esperándome. El chico al que le quebré una pierna cuando lo tiré de la bicicleta. El colchón enorme que nos recibía muy cortés, en nuestro descenso desde el primer piso, en la "casa de las chicas de enfrente". Las veces que cantamos sentados en la mesa de afuera, cagados de frío. La vez que escuché la vida por primera vez. Un sueño, que fue el mismo que me dijo que quizá te estaba queriendo demasiado. Los cuadernos que me soportan desde que tengo uso de razón, desde que aprendí a escribir mi nombre. Esa es la relación que jamás me defraudará: la que tengo con el lenguaje. Porque el papel no me mira de reojo, no me condena cuando lo tiño de carmín, no me juzga por ello. No me señala con el dedo si le cuento que hablamos por teléfono y se me entrecortaba la voz, no se sonroja. No le interesa si escribo con faltas de ortografía, o utilizando de manera incorrecta los signos de puntuación. El papel existe junto con mis necesidades básicas, sobrevive conmigo a cualquier tempestad.La puerta se abre cada dos segundos y el aire que se cuela por la abertura me congela por demás. Las piernas hechas calambre, el chocolate que quisiera comer. Las ganas morbosas que tengo de verte... Aunque tu existencia me vuelva infrecuente.


° .leyOn. °


*

Magias...


Emborracharme. Jugar. Esconderme. Gritar. Mirar (como). Hacerme. Desobedecer. Odiarme. Obedecer (te). Cruzar la calle. No mirar. Asesinarme. Mutar. Salvarme. Enajenar. Amarme. Disfrutar. Olvidarme. Soñar. Quererme. Estropear.Orgasmo. Delirar...Seguramente, cuando permita que mi mano derecha vuelva a su posición normal, se vera abordada por un maligno cosquilleo calambroso que le impedirá moverse con naturalidad y soltura, pero estoy demasiado incomoda como para acomodarme... Es una suerte de castigo y condena...
El mago de (H) Oz, ha perdido su encanto en el callejón oscuro de mi habitación. Las plumas de su almohada favorita, se escurren ahora en un aire denso, cargado de polvo y humo de medianoche.Me río de su aspecto enajenado, tanta calma me exaspera y pierdo el control. Autocontrol. Me fuerza a pensar y a sentir, mas allá de saber cuan malo puede resultar hacerlo. No tengo tiempo. No me quiero dormir, la nueve de Julio es demasiado grande para mí...
Rememorando un pasado esquivo, que me amenazo de muerte tantas veces como le fue posible... Descarado, estupido y tan necio como yo... tantas veces. Dormir y volver a pensar en todo lo que capaz me hacia bien.
O_o